¡VE Y LÁVATE!


«Entonces Eliseo le envió un mensaje, diciendo:
Ve y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se restaurará,
y serás limpio.»  —2 REYES 5:10 

¡VE Y LÁVATE!

Diminutos e imperceptibles, los gérmenes son microorganismos que pueden causar enfermedades. Se encuentran en muchos lugares y, con frecuencia, mucho más cerca nosotros de lo que imaginamos. Cada día entramos en contacto con diferentes tipos de microorganismos. Al tocar superficies contaminadas, algunos de ellos pueden pasar fácilmente de un lugar a otro y, en determinadas circunstancias, llegar a nuestro cuerpo.

Cuando ciertos microorganismos encuentran las condiciones adecuadas, pueden multiplicarse y provocar infecciones. Por eso durante la pandemia de COVIC-19, una de las medidas de prevención recomendadas fue el lavado frecuente de las manos con agua y jabón. Una acción sencilla que, realizada correctamente ayudaba a disminuir la presencia de microorganismos y el riesgo de contagio. ¡Lávate las manos! Era una instrucción sencilla, pero necesaria. 

Sin embargo, existe otro tipo de contaminación que no podemos eliminar con agua y jabón: La que se encuentra en lo profundo del corazón.

La Biblia presenta la historia de un hombre que necesitaba ser limpiado. Su nombre era Naamán.

«Naamán, general del ejército del rey de Siria,
era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima,
porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria.» —1R 5:1a

Naamán era un hombre importante.
Era general del ejército de Siria, respetado por su rey y reconocido por sus victorias militares. Había alcanzado una posición de honor y autoridad. Todo podían ver su poder, sus logros y su valentía.

Pero había algo que nadie podía ignorar: Naamán tenía lepra.

La grandeza exterior no podía ocultar su necesidad interior.

Tal vez estaba acostumbrado a dar órdenes y a que los demás obedecieran. Había aprendido a dirigir, controlar y conquistar. Sin embargo, ahora se encontraba frente a una enfermedad que no podía vencer con su rango, sus riquezas ni su ejército.

Naamán necesitaba algo que ningún reconocimiento humano podía proporcionarle.

Necesitaba ser limpiado.

El Señor permitió que llegará hasta el profeta Eliseo.
Y cuando Naamán esperaba ser recibido de una manera acorde con su posición, Eliseo ni siquiera salió a verlo personalmente. Envió un mensajero con una instrucción sencilla:

«Ve y lávate siete veces en el Jordán,
y tu carne se restaurará, y serás limpio.
» —2 Reyes 5:10)

¡Ve y lávate!

La instrucción parecía demasiado sencilla para un hombre tan importante.

Naamán esperaba algo espectacular. Tal vez imaginaba que el profeta saldría, levantaría sus manos, invocaría directamente al Señor y realizaría una gran ceremonia delante de todos. Pero el Señor le dio una orden que confrontaba directamente su orgullo: tenía que ir al Jordán y sumergirse siete veces.

Naamán enfureció.
«Naamán se enojó mucho y se fue ofendido
 ¡Yo creía que el profeta iba a recibirme!» —2R 5:11

El problema no era solamente el río. El problema era su corazón.
Naamán quería recibir el milagro sin tener que humillarse. Quería sanidad, pero no quería someterse al proceso que Dios había establecido.

Su enfermedad estaba en la piel, pero su orgullo estaba en el corazón.

El orgullo también necesita ser lavado
El ego puede convertirse en una forma de idolatría cuando comenzamos a colocarnos a nosotros mismos en el centro y desplazamos a Dios. El orgullo nos hace creer que sabemos más, que merecemos un trato especial o que las instrucciones de Dios deben ajustarse a nuestras expectativas.

A lo largo de la vida también podemos acumular heridas, pérdidas, frustraciones, ofensas y experiencias dolorosas que, si no son llevadas a la cruz de Cristo, pueden afectar nuestra manera de pensar, sentir y relacionarnos con los demás.

 David expresó con honestidad el peso de su angustia:
«Ten misericordia de mí, Señor, porque estoy angustiado. 
Las lágrimas me nublan la vista; mi cuerpo y mi alma se marchita.»  —Salmo 31:9

En otro momento reconoció:
«Mi culpa me abruma; es una carga demasiado pesada para mí.»  —Salmo 38:4

El corazón también puede enfermarse de amargura, culpa, resentimiento y orgullo. Son cargas que no siempre se ven por fuera, pero que afectan profundamente nuestra manera de vivir.
Por eso necesitamos acercarnos al Señor con humildad.
Naamán tuvo que aprender que no era su posición la que le salvaría, ni su fuerza, ni su prestigio, ni sus propios métodos. 
Necesitaba reconocer su necesidad, someterse y OBEDECER LA PALABRA DE DIOS. 

Finalmente, dejó a un lado su orgullo, descendió al Jordán y se sumergió siete veces.
Naamán tuvo que descender al Jordán para ser limpiado; nosotros necesitamos descender del orgullo y rendirnos a Cristo para experimentar su poder transformador.

Y sucedió lo que Dios había prometido:
«Y su carne se volvió como la carne de un niño, Y QUEDÓ LIMPIO.»

Naamán salió del agua diferente.
Pero la verdadera transformación comenzó cuando decidió dejar de confiar en su propia grandeza y obedecer al Señor.

*Reflexión
El Señor puede limpiarnos de aquello que nos contamina por dentro, pero debemos acercarnos a Él con humildad y obediencia.
Naamán tuvo que menguar  para ser restaurado. 
Nosotros también necesitamos disminuir nuestro orgullo y rendir nuestra voluntad a Dios para ver Su gloria en nuestra vidas. Solo mediante la obediencia y humildad encontraremos la verdadera libertad en Cristo.

«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» —Juan 3:30

El Señor no siempre nos dará la respuesta de la manera que esperamos. Algunas veces su instrucción parecerá demasiado sencilla, pero detrás de ella habrá una oportunidad para aprender a confiar, obedecer y experimentar Su poder transformador.

Naamán quería ser limpio, pero primero tuvo que aprender a obedecer.

Y nosotros también podemos preguntarnos:
¿Hay algo en mi corazón que necesito reconocer y entregar a Dios? ¿Estoy dispuesto a obedecer, aunque la respuesta del Señor no sea como yo esperaba?

¡Ve y lávate" No se trata solamente de limpiar lo que está afuera. Se trata de permitir que el Señor transforme lo que está dentro nuestro. 

A veces nos centramos en mantener limpia nuestro exterior, Cristo quiere limpiar lo que está dentro. Así como Naamán tuvo que sumergirse en el Jordán para ser limpio, nosotros necesitamos acercarnos a Cristo, porque su sangre tiene poder para limpiar nuestro pecado, sanar nuestro corazón y restaurar nuestra vida. No hay mancha, culpa ni pasado que su gracia no pueda alcanzar.

El agua limpió la piel de Naamán, pero Cristo limpia el corazón. Por eso, hoy podemos venir a Él con humildad y decir: 
"Señor, lávame, límpiame y hazme una nueva criatura."

🙏 Señor Jesús, 
hoy reconocemos que necesitamos de Ti. 
Limpia nuestro corazón de todo pecado, orgullo, culpa y amargura. 
Lava nuestra vida con tu gracia, 
renuévanos por dentro y 
ayúdanos a obedecer tu Palabra con humildad. 
Que tu poder limpiador transforme nuestra vida 
y nos permita caminar en santidad. 
En el nombre de Jesús. Amén.



 Que el Espíritu del Señor le acompañe en el proceso de purificación.

El Señor le bendiga.

Psicóloga Educativa Infantil 
Dificultades de Aprendizaje en niños
Seminario: Estudiante de Teología Reformada

Es Su Gracia








Comentarios

Entradas populares de este blog

LA VERDAD QUE SERÁ

¿EL FIN LO AMERITA?