MI TODO

 


MI  TODO 


Dios es indispensable para la vida del ser humano. Sin embargo, en muchas ocasiones se confunde lo necesario con lo indispensable, aunque estas dos realidades distan de ser similares en aspectos fundamentales. La diferencia radica en el grado de importancia y la posibilidad de prescindir de algo.


Lo necesario no es absolutamente esencial; es aquello que se requiere o resulta conveniente, pero que puede sustituirse o incluso dejarse de lado sin que la vida se extinga. En cambio, lo indispensable es esencial: no puede ser reemplazado ni omitido. Es aquello sin lo cual la vida misma colapsa.


Por ejemplo, un teléfono, un coche o incluso una casa pueden cubrir ciertas necesidades, pero no son indispensable para la supervivencia. En contraste, la respiración y el agua son absolutamente indispensables para la vida humana. 


De este modo, el ser humano suele invertir el orden de los valores: entrega su vida a lo necesario, mientras que lo indispensable pasa a un segundo plano. Se esfuerza por obtener, proteger y aumentar aquello que pierde valor con el tiempo, ocupando en ello gran parte de su existencia. Sin embargo, en medio de esta búsqueda constante, descuida lo eterno.


Porque nadie vivirá en la eternidad con lo meramente necesario, pero sí dependerá de lo indispensable para habitar en ella: una relación viva con Dios.


«Todo es de Él, por Él y para Él" (Rm 11:36)


Desconectar la fe de los valores esenciales de la vida y de los fundamentos del evangelio conduce a una duplicidad espiritual. Entonces, el Señor deja de ser esencial para convertirse en un recurso perecedero, un instrumento al que se recurre solo cuando se necesita. El dualismo genera fragmentación interior, falta de propósito y una fe estéril que no transforma la vida. Impide aplicar los principios espirituales en lo cotidiano, limitando el crecimiento tanto espiritual como emocional. La verdadera fe, en cambio, es integral: une la experiencia espiritual con la realidad de la vida.


«...porque separados de mí nada podéis hacer». (Jn 15:5)


En el Salmo 16:2, David expresa que su bien y su satisfacción solo se encuentran únicamente en Dios. Reconoce que no hay nada ni nadie que pueda llenar sus deseos más profundos. Sus palabras irradian plenitud, confianza y una total dependencia: «Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti». 


A pesar de la persecución del rey Saúl, que pudo haber sido motivo para alejarse, David hizo lo contrario: el sufrimiento fortaleció su relación con Dios. Ni la tristeza, ni el temor constante, ni la adversidad lo alejaron de Su presencia. Él tenía claro que Dios era indispensable para su vida.


«Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza,

 Confío en Dios y alaba su palabra; 

confío en Dios y no siento miedo». (Sal 56:3-4)


Al declarar «Mi Señor eres tú», establece un compromiso personal, una alianza pactual inquebrantable. Independientemente de las circunstancias que enfrenta, sabe que tiene un Dios más grande que cualquier problema, que lo acompaña y lo librará del enemigo.

«Me librará del lazo del cazador» (Sal. 91:3a).

Así se presentan dos realidades: lo necesario y lo indispensable; y también, dos posturas frente  al sufrimiento. Una consiste en dejar que las dificultades  dominen la vida, cediendo el control y anticipando la derrota. La otra es rendir el control a Dios, confiando en su soberanía aun así comprender plenamente sus caminos: «Él nos revela lo que necesitamos saber, pero no todo lo que deseamos saber»

«Las cosas secretas pertenecen a Señor nuestro Dios, 

pero las cosas que son reveladas pertenecen a nosotros 

y a nuestros hijos para siempre» (Deu 29:29)


Aunque no siempre entendemos el sufrimiento, sabemos que Dios lo usa con un propósito. Si el pecado y la muerte entraron por Adán, en Cristo el segundo Adán se nos ofrece vida y eternidad.


«Bendice alma mía, al Señor,

y bendiga todo mi ser su santo nombre»  (Sal 103:1)


Como humanos, estamos expuesto al dolor. David, aun siendo hombre conforme al corazón de Dios, no estuvo exento de él (Hch 13:22b). Tampoco lo estuvo el Señor Jesús en su humanidad. Sin embargo, en ambos casos, la fidelidad y la obediencia a Dios permanecieron firmes.

Comprender esta verdad es reconocer que el Señor es el sustento de toda la vida. Él provee lo físico aire, agua y también lo espiritual, guiándonos por medio de su Espíritu, quien trae convicción, arrepentimiento, dirección, y establece una relación viva que produce paz, gozo y seguridad.

Así como el cuerpo no  puede sobrevivir sin agua, el alma no puede vivir sin Dios. Una vida intermitente o distante carece de vitalidad que solo Su palabra puede dar.

«Guárdame, oh Dios, porque en Ti he confiado».(Sal 16.1) 


Fuimos creados para Dios. Existe en nosotros una necesidad profunda que solo Él puede llenar. Cuando no se satisface, el alma se debilita, y la eternidad se vuelve un concepto lejano.


Esto nos confronta: ¿qué lugar ocupa Dios en nuestra vida? Él no es alguien a quien se visita ocasionalmente, quizá un domingo, o a quien se tiene que "estudiar" y memorizar para luego repetir cada palabra como estribillo de coro infantil. Dios, «el mismo ayer, hoy y siempre», desea que vivamos una relación real, constante y transformadora. 


«Me agrada Dios mío hacer tu voluntad; tu ley la llevo dentro de mí» (Sal 40:8)


Hoy el Señor nos llama a reconocer que nuestro verdadero bien y satisfacción está en Él. Para alcanzar esta plenitud, debemos priorizar nuestra relación con el Señor en todas las áreas de nuestra vida, buscando su presencia y guía. 


No busquemos depender de cosas externas materiales, logros o relaciones para satisfacer nuestras necesidade más profundas, pues solo generan incertidumbre y vacío en el alma. Más bien, anhelemos cada día permanecer en Su presencia y depender de Dios mismo.


Porque llegará el día en que todo aquello que hoy consideramos necesario perderá su valor. Y en ese momento, solo quedará lo indispensable. El Señor nos exhorta a rendir nuestra vida, a ordenar nuestras prioridades y a reconocer, como David: «Tú eres mi Señor; fuera de ti no hay bien para mí» .


Soberano Señor y Dios eterno,
Hoy reconozco que he vivido muchas veces dándole más valor a lo necesario que a lo indispensable. 
He ocupado mi corazón con lo pasajero y he dejado en segundo lugar aquello que realmente sostiene mi vida: Tu presencia.

Perdóname por buscar fuera de Ti lo que solo Tú puedes dar. 
Perdóname por las veces en que te he tratado como una opción y no como el centro de mi vida. 
Hoy reconozco que sin Ti nada soy, nada tengo y nada puedo hacer.

Me presento delante de Ti, arrepentido.
Rindo mi voluntad, mis pensamientos, mis emociones y mis caminos.
Renuncio a todo aquello que me aleja de Tu verdad y 
decido volver a Ti con todo mi corazón.

Haz en mí una obra profunda. 
Arranca lo superficial, 
rompe el orgullo, ordena mi vida y
enséñame a depender completamente de Ti.
Que Tu Palabra no solo me emocione, sino que me transforme.

Hoy declaro que Tú eres mi Señor, y que fuera de Ti no hay bien para mí.
En el nombre de JESÚS. Amén.


Que el Espíritu de Dios le guíe, le acerque cada día más a Su presencia y le lleve a vivir una relación íntima, profunda y transformadora con el Señor.


El Señor te bendiga.


Psicóloga Educativa Infantil Cristiana
Estudiante de Teología Reformada
Es Su Gracia

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