"Y si nuestra esperanza en Cristo es solo para esta vida,
somos los más dignos de lástima de todo el mundo.
Lo cierto es que
CRISTO SÍ RESUCITÓ DE LOS MUERTOS.
Él es el primer fruto de una gran cosecha,
el primero de todos los que murieron. (1 Cor 15:19-20)
¿Y AHORA QUÉ SIGUE?
"Hacía
algunos días, mi madre, una hermosa mariposa monarca, había dejado sus semillas
—sus huevos— en las hojas de aquel lugar. Lo consideró apropiado por los
árboles que servirían como escudo protector.
Sí,
soy uno de esos pequeños huevos. Blancuzco y de apariencia insignificante, era
una de sus crías. Y, como mis hermanos, intentaba aferrarme a la vida, pues
nuestro destino era la muerte para dar paso a una nueva vida." (Fragmento Tomado del *Diario Lector - Es Su Gracia)
«¡Lázaro, ven fuera!»
el que había muerto salió,...
Entonces Jesús les dijo:
«Quítenle las vendas, y déjenlo ir.» (Jn 11:43-44)
Algo que no puede pasarse por alto es la constante búsqueda del ser humano por encontrar respuestas frente a la muerte y la esperanza de una vida más allá de ella. A lo largo de la historia se observar que, independientemente del contexto o de las razonas personales, existe en el corazón humano una profunda necesidad de trascender lo que experimenta en esta vida. De algún modo, anhela prolongar su existencia y encontrar consuelo para su alma.
El paso de la muerte a la vida ha sido motivo de innumerables reflexiones, creencias y expresiones a lo largo de la historia humana. Sin embargo, para el ser humano natural, la resurrección resulta una verdadera antítesis de su forma de pensar, pues desafía toda lógica y trasciende los límites de la razón.
Esto es comprensible dentro de su propia condición, porque sin conocer a Dios el hombre no puede percibir aquello que sobrepasa los márgenes del razonamiento humano. Cuando Dios es desconocido, Su Espíritu permanece distante del espíritu humano. Y donde no hay relación con Él, tampoco hay revelación. Sin revelación divina, el ser humano queda limitado a discernir únicamente lo que puede ver, tocar o medir.
«El hombre sin Dios se apoya en una telaraña;
todo aquello en que confía caerá por tierra.»(Job 8:14)
Así, quien vive sujeto únicamente a lo tangible termina reduciendo la existencia a lo temporal. Su horizonte se acorta a los límites de esta vida, y su destino parece concluir inevitablemente en la muerte, sin perspectiva de eternidad. Lo único que permanece es un recuerdo fugaz en la memoria de otros, como si toda una vida se resumiera finalmente en una breve inscripción: «Hasta aquí llegué».
Si la esperanza tiene fecha de vencimiento, entonces el Evangelio de salvación se convierte en una verdadera contradicción. En otras palabras, nuestra fe carecería de sentido. Estaríamos perdiendo el tiempo o, más duro aún, estaríamos haciendo de Cristo un mentiroso.
Por eso el apóstol Pablo lo expresa con tanta claridad en su Primera carta a los Corintios: si nuestra esperanza en Cristo se limita únicamente a esta vida y no existe resurrección, entonces somos «los más dignos de lástima de todo el mundo»(1 Co 15:19).
«Pues, si no hay resurrección de los muertos,
entonces Cristo tampoco ha resucitado,
y si Cristo no ha resucitado, entonces toda
nuestra predicación es inútil,
y la fe de ustedes es también inútil»(1 Cor 15:13:14).
La resurrección, por tanto, no es un detalle secundario de la fe cristiana; es su fundamento. Sin ella, la esperanza pierde su sentido y el mensaje del evangelio se vacía de su poder.
Asimismo, no es un mito ni una construcción simbólica para consolar al alma humana. En Jesús, la resurrección se convierte en un acontecimiento real que transforma la historia y la esperanza del ser humano. Su victoria sobre la muerte no solo revela el poder de Dios, sino que abre la puerta a una vida eterna para quienes creen en Él.
Así, la resurrección deja de ser un anhelo humano y se convierte en una promesa divina: la muerte no tiene la última palabra, porque en Cristo la vida triunfa para siempre.
Dicho de otra manera, la muerte y el pecado ya no tienen el poder de dominarnos, si estamos en Cristo. Si hacemos de la resurrección un acontecimiento religioso, se está anulando el propósito de su muerte como de su resurrección. Cristo al resucitar nos dio acceso a una vida plena, abundante y eterna, llena de propósito y significado, libres del pecado y relación restaurada con Dios.
«mi propósito es darles una vida plena y abundante.»(Jn 10:10)
«Lo cierto es que CRISTO SÍ RESUCITÓ DE LOS MUERTOS."(1 Cor 15:20a).
Partiendo de esta verdad, como creyentes, seguidores y descípulos fieles a nuestro Maestro, deberíamos cuestionarnos cada día: ¿Y qué sigue ahora?
La respuesta está dada clara y contundente:
«Todos los que pertenecen a Cristo recibirán nueva vida.»(1 Co 15:22b).
Mientras aguardamos expectantes Su regreso, cuando«todos los que pertenecen a Cristo serán resucitados»(1 Co 15:23b), debemos vivir con la muerte bajo los pies —muertos al pecado— y con la resurrección como la expresión viva de lo que Cristo hizo en el Monte del Calvario por cada uno de nosotros.
El apóstol Pablo lo expresa en la Carta a los Colosenses:
«Ya que han resucitado a una vida nueva con Cristo,
pongan la mirada en las verdades del cielo...
piensen en cosas del cielo, no en las de tierra.
Pues ustedes han muerto a esta vida,
y su vida está escondida en Cristo Jesús.»(Col 3:1-3).
Mas claro no puede ser: nuestra muerte al pecado y nuestra resurrección son realidades de las cuales el Señor nos hace partícipes. De esta manera, la vida eterna ya ha comenzado en nosotros, y el final de la vida terrenal no es el cierre definitivo, sino un "continuará".
Parte de lo que sigue también implica nuestra responsabilidad: vivir como resucitados.
Una nueva realidad que nos involucra totalmente cada día. Nuestra vida ha sido transformada por la resurrección de Cristo, y por ende debe reflejar la nueva realidad que tenemos en Él. No como decían nuestros abuelos, "a medias tintas", sino por completo, puesto que vivimos por el poder del Espíritu Santo, que nos capacita para vivir una vida que agrada a Dios.
«El Espíritu de Dios, quien levantó a Jesús de los muertos, vive en ustedes.»(Rm 8:11)
De aquí surge una pregunta inevitable: ¿cómo estamos viviendo?
¿Vivimos como resucitados en Cristo, o como si aún permaneciéramos en una tumba oscura y fría, un lugar que nunca fue diseñado para el ser humano?
El propósito de Dios siempre fue la vida plenamente, en comunión con Él.
Por eso Cristo declaró que vino para que tengamos vida, y vida en abundancia.
Entonces, ¿Y ahora qué sigue?...
Vivir como alguien que ha nacido de nuevo.
La vida nueva en Cristo es una realidad presente y futura. Debemos vivir de acuerdo con esa verdad, reconociendo que somos nuevas criaturas y que tenemos una nueva ciudadanía, ya no terrenal, sino celestial:«Mas nuestra ciudadanía está en los cielos»(Fil 3:20). Por lo tanto, debemos vivir conforme al reino al que pertenecemos.
«Pues ustedes fueron sepultados con Cristo cuando se bautizaron.
Y con el Él fueron resucitados para vivir una vida nueva».(Col 2:12b)
Esto significa vivir conscientes de que en Cristo hemos sido injertados en una nueva vida, lo cual nos llama a vivir como Él vivió. No como una forma de escapar de la realidad ni como fanatismo religioso, sino como respuesta de gratitud y fidelidad hacia Señor, con la esperanza puesta en lo que nos espera.
«Pues si fuimos injertados en Cristo cuando él murió, de la misma manera participamos con él en su resurrección.»(Rm 6:5)
Como dice Carta a los Hebreos
«tenemos esta esperanza como ancla del alma, firme y segura»(Hbe 6:19).
La tarea del creyente es aferrarse a esa ancla con tanta firmeza que ni los vientos, ni las tempestades, ni las voces engañosas, logren hacerlo caer o retroceder.
Y es precisamente en esa esperanza donde se sostiene nuestra fe: Jesús es el primero en resucitar de entre los muertos. En Él comienza un proceso de transformación para todos los que creen. Su resurrección es el inicio de una nueva realidad para la humanidad redimida. Así también nosotros seremos transformados en seres nuevos, libres del dominio de la muerte y el pecado.
La oruga del fragmento inicial representa la vida en su estado natural, con sus limitaciones y debilidades. Está destinada a morir, y aunque ella no lo sabe, nosotros sí sabemos que ese no será el final. Algo mayor está por venir: entrará en un proceso de transformación dentro de su crisálida.
Allí la oruga "muere"; su antigua forma queda atrás, para dar paso a una nueva vida.
Esta historia de la oruga nos recuerda una verdad profunda del Evangelio.
Mientras la oruga vive arrastrándose entre las hojas, parece limitada, vulnerable, destinada a desaparecer. Dentro de su crisálida ocurre un misterio silencioso: la antigua forma muere para dar paso a una nueva vida.
De manera similar ocurre con quienes creen en Jesús. La fe no es simplemente una esperanza para después de la muerte; es el inicio de una transformación que comienza ahora. La vieja naturaleza queda atrás, y una nueva vida empieza a formarse en el interior del creyente.
El mundo puede ver solo el proceso: las luchas, las caídas, las renuncias o los momentos de aparente quietud. Pero Dios ve la transformación. Él está formando alas donde antes solo había debilidad. Está fortaleciendo esas alas para que el vuelo sea ligero y produzca frutos que lo glorifiquen.
Por eso, la resurrección de Cristo no es solo un acontecimiento del pasado que recordamos en una celebración anual.
Es el anuncio de lo que Dios está haciendo en nosotros y de lo que un día será plenamente revelado. Así como la oruga no permanece para siempre en la crisálida, tampoco la vida del creyente termina en la muerte. En Cristo, la transformación continúa hasta que finalmente veremos la plenitud de la vida nueva.
Por ahora caminamos por fe, pero llegará el día en que todo lo que Dios ha estado formando en silencio se manifestará en gloria. Entonces comprenderemos que cada proceso, cada lucha y cada renuncia formaban parte del milagro más grande: pasar de la muerte a la vida.
Porque en Cristo,
la historia del creyente nunca termina en la tumba… siempre continúa en la resurrección.
¿Ahora que sigue?
Vivir como hijos resucitados mientras aguardamos el retorno de Cristo.
«Yo soy la resurrección y la vida.
El que cree en mi vivirá, aunque muera;
y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás.
¿Crees esto?»(Jn 11:25-26)
Señor, soberano Dios,
gracias porque Tu Palabra encuentra camino hasta mi corazón.
En ella descubro Tus pensamientos, Tus deseos
y el hermoso propósito que has preparado para nosotros.
Haz que cada día vivamos como quienes han sido levantados a una vida nueva.
Que nuestro andar refleje la obra silenciosa y poderosa
que realizas cuando un corazón se rinde a Tu voluntad.
Permite que otros puedan ver, en nuestra vida transformada,
la belleza de Tu gracia y la verdad de Tu amor.
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