PODA ESPIRITUAL

PODA ESPIRITUAL

Poda espiritual: Un proceso de crecimiento y purificación. 

Aprender un idioma distinto al propio requiere tiempo, constancia y motivación. El inglés, por su alcance global, es uno de los más estudiados, aunque no todos logran dominarlo. Al nacer, los seres humanos pueden distinguir sonidos de cualquier lengua; sin embargo, con el crecimiento el cerebro se especializa en la lengua materna mediante una —poda sináptica— que reduce la sensibilidad a sonidos ajenos. 

Por ello, el aprendizaje de un idioma implica integrar los sentidos, especialmente la escucha, uno de los procesos más complejos. Aunque la gramática puede aprenderse para leer y escribir, comprender y producir sonidos exige un entrenamiento auditivo constante. En este proceso, la neuroplasticidad permite al cerebro adaptarse, reconocer fonemas y formar nuevas conexiones neuronales.

La discriminación auditiva se desarrolla con entrenamiento del oído, para su correcta producción verbal. En definitiva, aprender a escuchar —listen— implica una reestructuración del sistema neuronal. No es sencillo, pero con disciplina y práctica, y la disposición de estar en espacios aislados sin ruidos obstructivos, es posible alcanzar una comprensión clara, similar a la de la lengua materna. 

Jesús dijo: «Vengan conmigo ustedes solos a un lugar tranquilo y descansen un poco conmigo». (Mc 6:31)

¡Samuel!... Heme aquí

En 1 de Samuel 3 leemos acerca del llamado de Dios a Samuel: «Y corriendo luego a Elí, dijo: Heme aquí; ¿para qué me llamaste?» (1 Sam. 3:4-5). Desde niño, Samuel había sido consagrado al servicio del Señor, pero aún dependía de la guía de su tutor, Elí. Su juventud lo mantenía en un proceso de crecimiento espiritual, todavía aprendiendo a reconocer la voz de Dios. Sin embargo, el tiempo señalado por el Señor había llegado, y Samuel estaba siendo llamado a una nueva etapa de su vida.

Dios sigue llamando hoy. Su voz continúa extendiendo una invitación amorosa para que participemos del propósito que ha diseñado para nosotros. Es un llamado que nos conduce a algo mayor que nuestros propios planes, si permitimos que Él obre conforme a Su voluntad.

El llamado de Samuel nos muestra dos realidades del corazón humano: el antes y el después del encuentro con Dios.

«Antes de que la lámpara de Dios fuese apagada» (1Sam 3a). Este pasaje nos muestra la misericordia del Señor hacia quienes caminan alejados de Su presencia. La lámpara del Señor —símbolo de Su presencia y de Su Espíritu— parece apagarse, o quizá nunca ha sido encendida en el interior del corazón humano, en gran parte porque la Palabra del Señor se vuelve escasa. Cuando esto ocurre, la luz luz comienza a menguar, sin embargo, el Señor espera pacientemente, dando oportunidad para que lo extraviados nuevamente encuentren el camino. 

«El Señor esperará un poco y tendrá piedad de ustedes, y por eso será exaltado por la misericordia que tendrá de ustedes». (Is 30:18)

Cuando la lámpara del Señor pierde su intensidad, el alma se envuelve en una especie de penumbra espiritual. Falta discernimiento, la convicción se debilita y aquello que antes inquietaba el alma comienza a verse como normal, aun cuando no sea agradable al Señor.

Por eso el salmista proclama:
«Tú, Señor, eres mi lámpara; Tú iluminas mis tinieblas» (2 Sam. 22:29)
Solo Su luz es capaz de disipar la oscuridad del corazón y devolver la claridad al camino del ser humano.

Muchas veces la presencia de Dios no está lejos, pero se percibe distante. Otras veces parece ausente porque nunca hemos cultivado una relación personal con Él. Y donde no hay relación, surge la desconexión; donde hay desconexión, brotan el vacío y la falta de propósito. El alma se siente como en un laberinto, buscando sentido sin hallar dirección, al no encontrarlo, cae en todo aquello que deshonra a Dios. Así le ocurrió a Saulo, hasta que tuvo un encuentro con Cristo camino a Damasco, y su vida fue transformada para siempre.

No es que Dios se oculte ni dificulte el acceso a Él. Es el corazón humano el que, muchas veces, se acostumbra a caminar lejos. Su voz sigue llamando, pero apenas la percibimos porque hemos aprendido a escuchar el ruido del mundo más que el susurro de Su Espíritu. Y aun así, Su invitación permanece abierta:

«…Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Ap. 22:17).

Cada día enfrentamos múltiples decisiones que compiten por nuestra atención. El ruido se vuelve refugio, no porque llene el corazón, sino porque el silencio nos confronta. En el silencio se revela nuestra necesidad de un Cristo vivo que purifique el interior y restaure el alma. Entonces, en lugar de elegir el placer momentáneo que esclaviza, podemos responder al suave llamado que conduce a la verdadera libertad.

«El Señor no se tarda para cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que nos tiene paciencia y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se vuelvan a él.»  (2 P 1:9)

¡Samuel!... Heme aquí!

Pero en 1 Samuel 3:6 se marca el punto de transición entre el desconocimiento y aquello que ya estaba en proceso. «Y Jehová volvió a llamar a Samuel»Este segundo llamado revela la paciencia y la iniciativa divina. Dios no se limita a llamar una sola vez; insiste, busca y vuelve a acercarse al corazón humano.

El joven Samuel era piadoso y obediente; servía en el templo y cumplía sus responsabilidades. Sin embargo, aun no había aprendido a reconocer la voz del Señor de manera personal. Su corazón estaba en formación, y por eso la voz divina le resultaba desconocida.

De manera paralela a Samuel, existen quienes viven en la oscuridad por elección propia. Aun allí, el Señor continúa llamando. En medio del desconocimiento, del alejamiento o de la indiferencia, Su voz sigue pronunciándose con fidelidad. No obstante, muchas veces no es escuchada porque se vuelve irreconocible para el corazón.

«...El Señor ha presentado cargos en tu contra, diciendo:
«No hay fidelidad, ni bondad ni CONOCIMIENTO DE DIOS EN LA TIERRA»
 
(Oseas 4:1)

Esa incapacidad de escuchar y responder a Dios no surge de repente; es el resultado de un proceso interior. El pecado, la desobediencia, las distracciones, la duda y el escepticismo y falta de fe van endureciendo el espíritu poco a poco. Así, el alma deja de distinguir la voz de Dios y comienza a familiarizarse con otros sonidos, aquellos que agradan a la carne y alimentan el ego.

Nuestra responsabilidad es examinar el corazón. Cuando los ruidos extraños cautivan el alma, comienzan a manifestarse señales claras: la presencia de Dios se vuelve distante, la Escritura cuesta comprenderse, la oración pierde su fervor y la convicción de pecado se debilita hasta apagarse. Si reconocemos estas señales, es tiempo de volvernos al Señor, aquietar el corazón y permitir que Su voz vuelva a ocupar el lugar central en nuestra vida.

«Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas...» (Ap 21:5a)

Por eso es necesario permitir que el Señor obre una poda espiritual en nosotros. Implica reconocer nuestra ignorancia, abandonar la idea de que todo lo sabemos y mantener un corazón dispuesto a aprender. Significa soltar prejuicios, paradigmas, costumbres, hábitos e incluso información que impide el fluir de la voz del Espíritu de Dios en nuestra vida.

Se trata de volver a sensibilizar el oído del alma, de acostumbrarlo nuevamente al lenguaje del Espíritu. Solo así podremos reconocer la voz de Dios cuando nos llama y responder con un corazón dispuesto.

«Y Samuel no había conocido aún a Jehová, ni le había sido revelada la palabra de Jehová»  (1Sm 3:7)

Cuando el Señor llama es para ofrecernos Su salvación, esta invitación también estaba siendo extendida a Samuel. También deja claro que existe un tiempo para ser salvo, así como puede haberlo para no serlo; en efecto, "el tiempo de Dios es perfecto"

El Señor tiene sus tiempos, Sus elegidos y  un plan para cada uno; ante Su soberanía solo cabe responder "Sí, amén". El joven estaba por recibir una revelación importante y necesitaba aprender a escuchar y obedecer la voz de Dios. Aprender a escuchar es aprender a discernir en el espíritu, y cada uno de estos llamados purificaba el espíritu de Samuel, sumergiéndolo en la obra del Espíritu de Dios.

Samuel aún era joven y quizá para algunos, no cumplía los requisitos. Sin embargo, el Señor no tuvo en cuenta tales consideraciones, pues conocía su corazón y sabía que cumpliría dignamente su labor como profeta de Israel.

La expresión “no había conocido aún a Jehová” sugiere que Samuel se encontraba en un proceso de aprendizaje y crecimiento en su relación con Dios, aunque esa etapa estaba próxima a concluir.
¡Samuel!... Heme aquí!
¡Samuel!... Heme aquí!

El Señor llamó a Samuel la segunda y tercera vez, aunque él todavía no reconocía quién le hablaba. En medio de la confusión volvió donde Elí, el maestro que lo había guiado, y enseñado, y que ahora lo encaminaba para dar inicio al servicio al Señor: —Ve y acuéstate —dijo Elí—. Si alguien vuelve a llamarte, dile: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» . (1 Sam 3:9)

Dios insiste, pero no obliga: llama con suavidad, esperando que el alma se aquiete y se libere de los ruidos que distorsionan Su voz.

El Señor continúa llamando, hablando y guiando; pero la voluntad rebelde y los distractores que compiten con el buen uso del tiempo impiden que Su voz sea percibida.

 Tal vez alguien piense que Dios nunca lo ha llamado y use esto como justificación para seguir transgrediendo Su ley. Sin embargo, es posible que haya sido llamado muchas veces, pero se encuentre en un período donde el corazón se endurece y se vuelve insensible, incapaz de responder: «¡Heme aquí!» .

«El hombre que al ser reprendido, se vuelve terco, de repente y sin remedio será quebrantado». (Pv 9:1)

El cuarto llamado es el del desprendimiento, el paso a la obediencia y al servicio. En ese momento, Samuel rompe los vínculos de dependencia con Elí y deja de acudir a su autoridad terrenal, para dirigirse directamente a Dios, mostrando que está listo para escuchar y obedecer al Señor por sí mismo: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3:10).

Este es el momento posterior al llamado, cuando el ser humano, consciente por la obra del Espíritu de Dios en su corazón, decide soltar todo aquello que le impide escuchar y obedecer. En el silencio del tabernáculo, mientras la llama aún arde, el Señor aguarda para recibir a quienes han podado su interior y han atravesado el umbral hacia Su presencia. El acoge con amor a quien reconoce Su voz y se acerca a Él.

Es cuando el corazón responde: «¡Heme aquí!», la luz se enciende; el discernimiento surge y la vida encuentra dirección. Ya no se trata solo de oír un sonido, sino de distinguir Su voz en medio del ruido. El corazón despierta del letargo espiritual y la lámpara vuelve a encenderse: donde había confusión, comienza a haber dirección. Donde había silencio interior, nace sensibilidad espiritual.

Después del llamado, se activa el discernimiento. Lo que antes parecía "normal" empieza a ser confrontado por la verdad. El pecado deja de justificarse y el alma experimenta convicción, no para condenación, sino para transformación. 

Samuel pasó de no reconocer quién lo llamaba a convertirse en profeta, porque aprendió a escuchar. El después del llamado implica responsabilidad: quien oye la voz de Dios ya no puede vivir igual. La obediencia se convierte en evidencia de que el llamado fue recibido.

La vida deja de caminar a tientas. Hay luz, propósito y dirección. La voz que antes parecía lejana se vuelve guía constante. Y aunque el mundo siga siendo ruidoso, el oído espiritual ha sido entrenado para distinguir el susurro del cielo.

El después del llamado no significa ausencia de desafíos, sino presencia consciente de Dios. Es caminar sabiendo que Él habla, que Él dirige y que Su palabra permanece.

Hoy el llamado sigue vigente. El Señor aún aguarda y espera, antes de que Su llama deje de arder y la oscuridad robe el melodioso sonido de Su voz. La pregunta no es si Dios habla, sino si estamos dispuestos a escuchar y obedecer; si estamos prestos a soltar los ruidos de la vida para atender los sonidos del cielo, la voz del Espíritu.

Cada corazón que responde: «Heme aquí» abre espacio para que Dios ordene su vida, ilumine su camino y cumpla en él Su propósito. Así, con humildad y con la llama de la fe viva, diga: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» .

"Y Samuel creció , y Jehová estaba con él,
y no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras" (1 Sam 3:19)

OREMOS: Soberano Señor, gracias por Tu Palabra,
lámpara viva que guía nuestros pasos,
voz fiel que corrige con amor y
 sabiduría que instruye el alma. 
En ella aprendemos que solo en Ti habita la luz verdadera, 
y que fuera de Tu presencia 
el corazón se pierde en el vacío y la paz se desvanece.

Arranca de nosotros todo aquello que apaga Tu susurro,
todo ruido que endurece el corazón y nubla el espíritu. 
Purifica nuestro interior, aquieta nuestras ansiedades y 
enséñanos a escuchar el latido de Tu voluntad.

Que vivamos rendidos a Tu voz, 
sostenidos por Tu gracia y 
caminando cada día hacia Ti.
En el nombre de Jesús, amén.

👉INCONDICIONAL


Que el Espíritu de Dios le lleve a tener una relación cercana con el Señor, donde Su voz sea quien le guíe y enseñe cada día.

El Señor te bendiga.


Psicóloga Educativa Infantil Cristiana
Estudiante de Teología Reformada
"Tu amor me encontró"
Es Su Gracia

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