EL AROMA DE LA ILUSIÓN


"Las semillas sobre la tierra rocosa
representan a los que oyen el mensaje
y de inmediato lo reciben con alegría; pero, 
como no tienen raíces profundas, no dura mucho.
En cuanto tienen problemas o son perseguidos
 por creer la palabra de Dios, Caen"
(Mt 13:20-21 NTV)

        💨 EL AROMA 
          DE LA ILUSIÓN

—¿Quién podría despreciar tal belleza y, sin darle valor, arrojarla como leña al fuego?
Lo miraba con gran orgullo. Allí, tendido en medio del patio, lo veía como la gran victoria de aquel día. Pensaba para sus adentros: "Mi familia lo admirará igual que yo. Nos dará sombra, los niños jugarán a su alrededor, y los pájaros harán sus nidos en sus ramas, llenando el lugar de cantos.
Ese mismo día lo plantó. Cavó un gran hoyo, eso pensó y, con esmero, lo sembró...
Pero mayor fue su esfuerzo que lo que duró.
Esa misma noche, una tempestad azotó el lugar. El viento, huracanado y sin tregua, lo arrancó de raíz y lo lanzó por el aire hasta hacerlo desaparecer...
El hueco no había sido suficientemente profundo, por eso el viento se lo llevó...

Porque hay amores que se vuelven fugaces cuando las raíces se enredan con la emoción, dejando el mismo vacío que se quiso llenar con tal ilusión.

(Fragmentos tomados del Diario Lector Infantil)

«No se contenten solo con oír la palabra,
pues así se engañan ustedes mismos.
 Llévenla a la práctica.»(Sg 1:22)

Las carencias humanas afectan significativamente el desarrollo de la persona, pero lo que las hace aún más complejas es la manera en que se enfrentan y se da respuesta a cada dificultad. En este proceso, las emociones juegan un papel decisivo, ya que influyen en las reacciones, el carácter y las decisiones. 

Aunque en ocasiones se intentan catalogar como nocivas, las emociones forman parte del diseño de Dios. El hecho de haber sido creados a Su imagen y semejanza incluye aspectos como la capacidad de amar, pensar, decidir y sentir. 

Las emociones nos permiten experimentar y expresar nuestra relación con Dios y con los demás; nos ayudan a responder a las situaciones y a tomar decisiones. Asimismo, bien guiadas, pueden ser un medio para glorificar a Dios.      👉 VIVIR COMO HIJOS DE LUZ

—«Que todo lo que soy alabe al Señor;
   con todo el corazón alabaré su santo nombre.
»
 (Sal 103:1)

Sin embargo, su carácter fluctuante las hace poco seguras. Las emociones están influenciadas por la naturaleza humana caída. Es decir, por el pecado original —«Cuando Adán pecó, el pecado entró en el mundo.» (Rm 5:12a)—, por los deseos y tendencias humanas —«La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran.» (Sg 1:14) , así como por nuestras limitaciones y debilidades, que pueden generar emociones como la frustración, la ansiedad o la tristeza. Además, las relaciones con otros también influyen en la calidad de nuestras emociones. Por esta razón, no deben gobernar nuestras decisiones ni nuestros comportamientos.
 
A esto se suman las corrientes de pensamiento que promueven una visión excesivamente positivista, construyendo realidades idealizadas que, al confrontarse con la vida, terminan en desilusión. Son como oasis de belleza irreal,  estructuras mentales frágiles que sostienen decisiones y relaciones sin bases firmes.
—«No permitan que nadie los atrape con filosofías huecas 
y disparates elocuentes, que nacen del pensamiento humano 
y de los poderes espirituales[a] de este mundo y no de Cristo.» (Col 2;8)

De este modo, el ser humano, influenciado por el amor romántico promovido culturalmente, lo asocia con sus necesidades más profundas y construye su propio ideal de amor. Así, las emociones pasan a dirigir las relaciones, los deseos y las decisiones, en lugar de ser guiadas por la verdad.

Sin una dirección correcta, la realidad se distorsiona y se interpreta erróneamente, basándose en lo que se siente y desea. De manera conveniente, se idealiza todo: lo malo se vuelve atractivo para justificar las acciones, y a lo bello lo magnifica para endulzar el alma y alimentar el ego. 
Como dice Salomón en Eclesiastés, «Todo esto es vanidad». Nada de esto conduce verdaderamente a agradar a Dios.

El Señor nos llama a someter las emociones a Su verdad, donde se encuentra  el equilibrio y la dirección, renovando nuestra mente conforme a Su voluntad.

—«...transfórmense por medio de la renovación de su mente, 
para que comprueben cuál es la voluntad de Dios,...» (Rm 12:2)

A la luz de todo esto, surge una verdad inevitable: hay dos perspectivas de donde mirar la vida… y, por lo tanto, dos maneras de decidir.

Está lo pasajero y lo eterno.
La belleza que se desvanece y la que permanece.
La paz momentánea y la paz que sostiene.
Los amores que se apagan y los que perduran.
La vida que termina… y la vida que trasciende.

Cada elección revela qué realidad estamos abrazando. Porque, al final, no decidimos solo lo que hacemos, sino también hacia dónde nos dirigimos y qué propósito estamos dispuestos a vivir.

Eva enfrentó estas perspectivas: 
obedecer a Dios o escuchar a la serpiente. Sin embargo, comenzó a idealizar la independencia, el autocontrol, la autosuficiencia y el dominio, es decir, el deseo de ser como Dios. El "efecto halo" lo que es bello parece bueno ensombreció su juicio e influyó en su percepción y decisión, mientras la serpiente alimentaba ese desorden emocional, llevándola a desobedecer a Aquel que le había dado todo.

—«La mujer quedó convencida. 
Vio que el árbol era hermoso y su fruto parecía delicioso,
 y quiso la sabiduría que le daría, ...lo comió.» (Gén 3:6)

El fruto se convirtió en el objeto de su ilusión, eclipsando la verdad. ¿Dónde quedó entonces la belleza del paraíso y cada palabra que había salido de la boca de Dios? Apenas rozaron la superficie de su corazón, dejando espacio para que la voz de la serpiente echara raíz y cumpliera su propósito.

Este estado de obnubilación emocional fue explicado por Jesús en la parábola del sembrador: oímos, pero no escuchamos; recibimos, pero no arraigamos profundamente.
—«oyen el mensaje y de inmediato lo reciben con alegría; pero, 
como no tienen raíces profundas, no dura mucho.» (Mateo 13:21)

 El viento sopló,
la lluvia cayó,
las aves llegaron;
y de las semillas esparcidas,
ni una sola quedó.

De la misma manera,  le sucede a la Palabra de Dios cuando se romantiza. Por un breve tiempo trae el aroma de la ilusión y esperanza, pero se disipan cuando las emociones se apaciguan. Esto resulta engañoso, porque se reduce a un sentimiento o a una experiencia emocional, sin considerar su contenido y exigencias.

Es como un fuego que arde por un momento y luego se extingue; como el árbol que cautivó al  campesino. Lo plantó deseando que su belleza fuese admirada, pero sin profundidad; como el niño que, en Navidad, recibe su regalo con entusiasmo y luego lo abandona en un rincón al perder el interés. 

Asimismo, el fuego de la Palabra de Dios se apaga cuando la recibimos como una simple motivación agradable al oído, sin permitir que confronte, corrija o incomode. Se admira su belleza, se disfrutan sus promesas, se exaltan sus expresiones… pero no se permite que eche raíces profundas en el corazón. Toda pasa a ser una simple aroma de la ilusión que alegró el espíritu.

—«La palabra de Dios es viva y eficaz, 
y más cortante que toda espada de dos filos...
y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.» (He 4:12)

Cuando la Palabra es sembrada, muchas veces cae en un terreno superficial y pedregoso, donde no se reconoce su autoridad ni poder. Así, el evangelio se reduce a una fórmula de éxito o una emoción pasajera.  Pero cuando llegan las tormentas de la vida, no queda rastro de ella.

Escucharla produce gozo: cantamos, lloramos, celebramos. Pero si se se recibe desde lo emocional, se adopta la idea de que Dios existe únicamente para hacernos sentir bien, cuando en realidad nos llama a vivir la verdad bíblica: —«Dios te ama, pero también te llama a negarte a ti mismo, tomar tu cruz y seguirle,» (Lc 9:23) 

La Palabra de Dios es bella por naturaleza, porque es Dios mismo quien habla al nuestro corazón. Sin embargo, Su propósito no es solo ser admirada, sino vivida. Por eso es necesario preparar el corazón como buena tierra, dispuesto a recibir la semilla y permitir que dé fruto. 

La historia de aquel árbol no solo refleja la fragilidad de una belleza pasajera, sino también la manera como el ser humano se se relaciona con la verdad. Con frecuencia nos quedamos con lo que agrada, transformando cada enseñanza en algo estéticamente atractivo, pero ignorando aquello que confronta, corrige y demanda cambio.
Romantizar la Palabra es admirarla sin permitir que transforme.
Es contemplarla, pero no obedecerla; 
emocionarse con ella sin dejar que arraigue en lo profundo.

—«Tu palabra es una lámpara que guía mis pies y una luz para mi camino.»  (Sal 119:105)

Y entonces, cuando llega la tempestad, aquello que parecía tan firme desaparece, dejando solo el vacío de lo que nunca echó raíces profundas.

La Palabra no fue dada para ser admirada desde lejos, sino para ser sembrada en lo profundo del corazón. Solo allí, cuando arraiga en lo íntimo del ser, cumple el propósito para el cual fue enviada: dar fruto, permanecer y sostenernos aun en medio de la tormenta.

En todo este proceso, Jesucristo se presenta como camino, luz y paz. Nos ha dejado Su palabra para que no seamos oidores, sino hacedores de la Verdad. Y, como no podemos por nosotros mismos, también nos ha dado Su Espíritu, quien nos guía, nos transforma, nos convence de pecado y produce en nosotros el fruto espiritual necesario para vivir conforme a la voluntad de Dios.

¿Cómo se forman las raíces profundas? La ilusión no es suficiente. El entusiasmo inicial tampoco. Se requiere una fe genuina, sostenida por la verdad. Esto se logra reconociendo el poder transformador de la Palabra, su autoridad sobre nuestra vida y su capacidad para confrontarnos y corregirnos.

—«Toda la Escritura es inspirada por Dios y 
útil para enseñar, para reprender, 
para corregir y para instruir en la justicia,» (2 Tim 3:16)

Al final, todo se reduce a una decisión: 
vivir de la ilusión o vivir de la verdad.

La ilusión seduce, emociona y promete mucho, pero no permanece. La verdad, en cambio, confronta, incomoda y transforma, pero es la única que permanece firme cuando todo lo demás se desvanece.

Dios no nos llamó a una fe superficial ni a una vida sostenida por emociones pasajeras, sino a una relación profunda, arraigada en Su Palabra. Una fe que resiste el viento, la lluvia y el paso del tiempo, porque ha echado raíces en la verdad.

Hoy es el momento de examinar el corazón:
¿estamos siendo movidos por lo que sentimos o por lo que Dios ha dicho?

Porque cuando la emoción se apaga y las circunstancias cambian, solo aquello que ha sido plantado profundamente en la verdad permanece.

Que nuestra vida no sea como aquel árbol sin raíces, arrancado por la primera tempestad, sino como una siembra firme, sostenida por la Palabra y guiada por el Espíritu.

Y entonces, no solo permaneceremos… sino que daremos fruto. —« a sesenta y a ciento por uno». (Mc 4:20b)

🙌 Al Señor de señores, Rey y Soberano,
quien nos ha dado Su Palabra para que,
 por medio de ella, sea glorificado.
Al único y poderoso Dios, 
sea todo honor y gloria, 
por los siglos de los siglos. Amén

👉 EXÁLTATE

Que el Espíritu de Dios le lleve a escuchar la Palabra de Dios, a afirmarla en el corazón y a vivir su poder transformador.

El Señor te bendiga.


Psicóloga Educativa Infantil Cristiana
Estudiante de Teología Reformada
"Tu amor me encontró"
Es Su Gracia
Pronto saldrá la primera edición del Diario Lector para niños. 

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