Pisotearán las perlas y luego se darán vuelta y los atacarán»(Mt 7:6)
VALIOSOS ENEMIGOS
A veces nos quedamos cortos cuando intentamos observar y documentar el mover de la naturaleza e incluso del universo. Entre las muchas apreciaciones que surgen, permanece en el ser humano aquella que se ajusta a su carácter y a los procesos de su pensamiento.
En el mensaje de hoy,“Las perlas”, exploraremos una perspectiva no convencional, porque«el Señor es quien ...produce tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad»(Fil 2:13), revelando a cada persona la Verdad que desea que sea transmitida al corazón del ser humano a través de Su Espíritu.
Las perlas, por ser piedras preciosas, han sido utilizadas a lo largo de la historia de diversas maneras. Por su valor y belleza, han alcanzado un estatus importante dentro de muchos ámbitos de la sociedad. Estas pequeñas joyas se forman dentro de las ostras marinas o de los mejillones de agua dulce como un mecanismo de protección ante la entrada, en su concha, de elementos irritantes, dañinos o invasores que podrían causar daño a su frágil cuerpo.
Un solo grano de arena, al penetrar dentro en la concha, se convierte en un elemento no deseado que provoca molestias en su interior. No obstante, para protegerse, la ostra produce una sustancia llamada nácar o madreperla, con la cual recubre al invasor y transformando aquello que provoca dolor en una joya de gran valor. De la misma manera, el Señor obra en el corazón del ser humano, convirtiendo las pruebas y heridas en instrumentos de crecimiento, belleza y propósito.
«Los lavaré con agua pura, los limpiaré de todas sus impurezas»(Ez 36:25).
Esta transformación en la persona que ha decidido entregarle la vida a Jesús no se produce de forma inmediata. No basta con decir: «Creo» y repetir la oración de fe para que su vida cambie de inmediato y las adversidades desaparezcan.
Al igual que la ostra, que poco a poco y de manera constante forma capas alrededor del elemento que la hiere hasta convertirlo en una gema traslúcida y resistente —considerada entre las más bellas del mundo—, así también en el ser humano el proceso requiere tiempo y perseverancia.
Lo que implica asumir con devoción las responsabilidades de la vida cristiana bajo la dirección del Espíritu de Dios, tales como: lafe, confiar en Dios y en Su palabra (Heb 11:1.3); la obediencia, seguir los mandamientos de Dios(Jn 14:15, 1Jn 2:3-4);la oración,comunicarse con Dios y buscar su guía (Fil 4;6-7, Sg 5;16); ylacomunidad, perseverar en la comunión con otros creyentes(Heb 10:24-25, Gál 6:2). De esta manera, el Señor forma en nosotros un carácter firme y precioso —similar al de Su Hijo—, como perla de gran valor delante de Sus ojos.
«Ya no se acuerden de las cosas pasadas; no hagan memoria de las cosas antiguas.
Fíjense en que yo hago algo nuevo, que pronto saldrá a la luz»(Is 43:18 RVC)
El tiempo, la paciencia y una fe inquebrantable son elementos indispensables en este proceso transformador. Para llegar a ser las perlas que el Señor desea para Su Reino, todo debe comenzar desde los cimientos del corazón. Esta gema preciosa se forma cuando Dios purifica el interior de todo aquello que lo contamina y lástima, pues muchas situaciones del pasado que causaron daño pueden impedir que la vida presente avance y se desarrolle en plena libertad. Así, se detiene el propósito que Dios tiene para cada persona y Su plan no alcanza el cumplimiento que Él espera.
Muchos de estos "agentes irritantes" se gestaron desde la infancia y, al permanecer alojados en lo profundo del corazón, continúan causando dolor. Se convierten en raíces nocivas, pues tienden a reproducirse con facilidad, causando contaminación espiritual y daño emocional.
Por eso la Escritura dice:«El corazón conoce su propia amargura"(Pv 14:10).
Las heridas del pasado son peligrosas porque no solo permanecen en la memoria, sino que se arraigan en el corazón, en la mente y en la manera en que nos relacionamos con los demás. De estos "agentes irritantes" pueden surgir conflictos de identidad: "no valgo", "no soy suficiente, "no merezco amor". El pasado termina moldeando lo que la persona cree que es, afectando emociones, su carácter, actitud y su respuesta al llamado de Dios.
También pueden surgir dificultades en las relaciones, quien ha sido herido tiende a levantar muros para protegerse, desconfianza, la dificultad para amar, dependencia emocional y relaciones marcadas por el abandono o rechazo. Incluso las decisiones comienzan a estar condicionadas por experiencias no sanadas. Como dice la Escritura:"Cómo piensa el hombre en su corazón, así es él"(Pv 23:7)
El dolor emocional no tratado puede manifestarse en cansancio constante, ansiedad e incluso enfermedades psicosomáticas. Cuando las heridas no se procesan correctamente, afectan la confianza en Dios, en los demás y en el futuro. Se debilita la esperanza y el sufrimiento se llega a normalizar.
"La congoja en el corazón del hombre lo abate" (Pv 12:25)
Sin embargo, así como la ostra no expulsa el elemento que la hiere, sino que lo cubre hasta transformarlo en perla, el Señor puede obrar en lo más profundo del corazón, sanando, restaurando y dando un nuevo significado a aquello que antes solo producía dolor.
Estos "valiosos enemigos" pueden ser difíciles o desafiantes; a veces persistentes y generadores de sufrimientos. Sin embargo, en las manos del Señor, se convierten en un instrumento precioso para nuestra santificación. Aunque el proceso es temporal, el dolor purifica la fe, nos conduce a una mayor dependencia de Dios y produce perseverancia.
«Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de alegría,»(Sal 30:11)
De una u otra forma, todo ser humano, a lo largo de la vida, ha estado en contacto con algún "agente irritante" que ha afectado su desarrollo. A veces son "pequeñas zorras" casi imperceptibles; caminamos pensando que todo está bien, cuando en realidad hay áreas que requieren sanidad. Sin embargo, «No hay nada en toda la creación que esté oculto a Dios.»(Heb 4:13). Nada escapa a la sabiduría divina, y todo puede ser transformado por su gracia.
El Señor conoce con detalle cada dolor, cada sufrimiento y cada herida que, con el tiempo, han ido formando capas y dejando marcas en nuestro interior. Nada de lo que atravesamos escapa a Su mirada. Incluso aquello que Él permite en nuestro camino tiene un propósito mayor: purificar el corazón y limpiarlo de todo aquello que impide vivir una vida cristiana a plenitud.
Como está escrito:«Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.»(Oseas 2:14).
En el desierto —lugar de prueba y aparente soledad— Dios no abandona; al contrario, allí trata, sana y restaura. Es ese proceso transforma el dolor en enseñanza, la herida en fortaleza y la aflicción en perla preciosa para Su gloria.
Cuando decidimos entregar nuestra vida a Cristo, recibimos la mayor de las perlas: Jesús. Por medio de Él, Dios obra profundamente en nuestro interior; nos transforma de manera profunda y radical. Nos concede una nueva naturaleza, nos perdona y nos limpia, nos da vida abundante, nos conforma a Su imagen y semejanza, para convertirnos en perlas de gran valor para la gloria de Dios.
"Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia"(Jn 10:10)
La perla que llegamos a ser, después de un proceso largo y purificador, y que manifestamos públicamente mediante el arrepentimiento y el perdón, es también símbolo de nuestra vulnerabilidad. Nos recuerda que, alejados del Señor, la vida se convierte en un terreno fértil de "agentes irritantes" que oscurecen el espíritu hasta conducirlo a la muerte espiritual e incluso a consecuencias físicas dolorosas. Como afirma Jesús:
«Separados de mí no pueden hacer nada»(Jn 15:5)
De esta manera, pasamos«de la muerte a la vida»( Jn 5:24), y nos convertimos en evidencia viva de que Dios puede producir algo hermoso a partir de lo que parecía perdido; algo valioso a partir de heridas pasadas, sufrimientos presente y pecados —para algunos imperdonables— .
El Señor no simplemente recompone lo roto: «Él hace nuevas todas las cosas»(Ap. 21:5). No se trata solo de reparar lo que está mal, sino de crear algo nuevo y mejor. Él puede transformar nuestros problemas en oportunidades, nuestras debilidades en fortalezas y nuestras tristeza en alegrías «Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí yo hago nuevas todas las cosas»(Ap 21:5)
Así como en el principio dijo:«Sea la luz», y la luz fue, poniendo orden en medio del caos (Gn. 1:3), también hoy puede traer luz a nuestra oscuridad y transformar, por Su poder, lo que parecía destinado a permanecer en ruinas.
Somos una nueva creación, adoptados y restaurados por el Creador del universo, quien nos llama hijos. Por Su amor y fidelidad, envió a Su Hijo amado, Jesucristo, para rescatarnos del poder de las tinieblas, del pasado que nos hería, sostenernos en el presente y regalarnos un futuro lleno de esperanza, pues sabía que por nosotros mismos nos era imposible lograrlo.
Así, nos convertimos en perla de gran valor, que el Señor cuida con amor y esmero. Él coloca a nuestro alrededor Su protección para que los "agentes irritantes" no vuelvan a reproducirse y para que otros nuevos no penetren y nos dañen. Esos "valiosos enemigos" que en otro tiempo causaron daño cumplieron su propósito dentro del proceso de Dios. Pierden su fuerza y dominio ante la Luz y autoridad de Jesús. Como lo afirma las Escrituras: "La Luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron"(Jn 1:5)
Por eso,«no desperdicien lo que es santo..., ni echen sus perlas a los cerdos»(Mt 7:6), nos exhorta a no malgastar la vida que Dios ha transformado ni a exponer lo que Él ha purificado a aquello que destruye el espíritu y nos aparta de Su cobertura. Los cerdos se revuelcan en la inmundicia; nosotros hemos sido llamados a vivir en santidad, con la mirada puesta en el cielo, guardando el tesoro que el Señor ha formado en nuestro interior.
Por eso, hoy podemos afirmar que somos perlas preciosas, embellecidas por las manos del Creador, transformadas por Su amor, sanadas por Su gracia y protegidas por Su Espíritu.
Cada herida del pasado, cada prueba y cada “agente irritante”—los "valiosos enemigos—, han sido utilizados por Dios para moldear nuestro corazón y convertirnos en testimonio vivo de Su poder restaurador.
Vivamos conscientes de nuestro valor y de la manera en que el Señor forma a nuestro alrededor una perla de protección, permaneciendo en Su Palabra, en oración y en comunión con otros creyentes, para que nuestra vida refleje la luz de Cristo y la belleza de una perla que ha pasado por las manos del Señor.
Que cada acción, pensamiento y decisión honre a Aquel que nos llamó de las tinieblas a Su luz admirable, y que nuestra existencia sea un canto de alabanza a Su gloria eterna.
Al Señor de señores, Rey y Soberano, quien tiene toda potestad y autoridad sobre Su creación; Al único y poderoso Dios, sea todo honor y gloria, por los siglos de los siglos. Amén
Que el Espíritu de Dios le lleve a escuchar el llamado transformador y vivificador de Dios.
¿CUÁNTO ME DARÁS? Benedict Arnold fue un general estadounidense que se pasó al lado británico durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Nació en 1741 en Connecticut y se unió al ejército continental en 1775. Inicialmente, se destacó en varias batallas, pero su ambición y sentimiento de no ser suficientemente reconocido lo llevaron a cambiar de bando en 1780. Arnold negoció con los británicos y les ofreció entregar el fuerte de West Point, un importante puesto militar estadounidense, a cambio de dinero y un rango en el ejército británico. Sin embargo, el plan fue descubierto y Arnold huyó a Nueva York, donde se unió a los británicos. Después de la guerra, Arnold se estableció en Inglaterra y vivió el resto de su vida como un hombre despreciado por muchos estadounidenses. Murió en 1801. Su nombre se ha convertido en sinónimo de traición en Estados Unidos. "Treinta piezas de plata, el valor de una conciencia y el costo de la condena eterna." Cuando se habla de t...
Cuando pases por aguas profundas, yo estaré contigo. Cuando pases por ríos de dificultad, no te ahogarás. Cuando pases por el fuego de la opresión, no te quemarás; las llamas no te consumirán. (Is 43:1) MEDIDAS PREVENTIVAS Desde mi ventana, contemplo hoy el imponente paisaje que está ante mis ojos. Son grandes tus maravillas, pero pequeña nuestra percepción. A veces, lo fugaz se impregna con tal sutileza, haciendo de lo eterno una utopía. Dejamos de ver a través del Eterno y nos volcamos a dar vueltas sobre nosotros mismos. Mirar a través de nuestro lente distorsionador, viciado y maleable a la influencia de las impurezas externas, hace que divaguemos por largo tiempo, sin encontrar una solución a lo que nos mantiene en el mismo lugar, dejando una estela de incertidumbre, vacilación y cansancio. ¡Grandes son tus maravillas! (Sal 111:2) Reza el salmo, sin embargo nos quedamos con lo que nuestra mínima visión puede percibir, sin esforzarnos a mirar má...
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